jueves, 23 de agosto de 2012

Mi propio reino (XLIII)

La llama infernal.
Nevada.
Aprieto un poco los labios mientras vamos caminando. Esto no tiene sentido.

Bueno, ¿y qué hay mínimamente razonable en mi vida, por mínimo que sea? Si alguien puede decirlo,
le cubriré de oro.

Una hermanastra… ¿Y ahora qué? No siento nada fraternal en lo que se refiere a ella, si no, tal vez, pero sólo tal vez, algo de celos, ¡sólo tal vez! No me juzguéis…
Mañana tengo un examen y para mí que no tengo tiempo de ordenar mis ideas del todo.

-El lunes es el examen de ese tal Shakespeare ¿no?-me pregunta Verena.

-Pero ¿tú atiendes en clase?-le pregunto, estupefacta.

Verena bosteza.

-Te juro que lo intento, pero es que al final me quedo dormida, ¿Y desde cuando está muerto?-me pregunta Verena.

-Pues… Si murió en mil seiscientos catorce… Entonces, hace trescientos noventa y seis años-le digo, mientras los demás siguen absortos en sus distintas conversaciones.

Veo a Ventisca, Leo y Erael hablando, que de vez en cuando miran hacia atrás con gesto ceñudo.

-¡Perfecto!-exclama Verena con satisfacción.

-Ah no, jugar con eso es peligroso-le espeto, leyéndole el pensamiento.

-Tranquiila, mamá, te prometo que no me pasará nada.-me dice, sarcástica.

-Eres una maldita psicópata-le digo, sonriendo.

-Ajso.-me sonríe, mientras me mira.

-¿Y qué significa eso?-pregunto, mientras la miro.

-Hmmm… -se queda pensativa-Deberías recordarlo.

Se mete las manos dentro de su cazadora vaquera, caminando con gesto misterioso.

Cuando llegamos hasta la casa, me pongo a estudiar, aunque no puedo evitar ver lo que está maquinando Verena.

-¿Qué haces?-pregunta Erael, mientras Verena coge una aguja y se pincha el dedo. Deja caer unas tres gotas de sangre en un cuenco.

-Estudiar-dice alegremente.

-¿Así estás estudiando, usando tu sangre?-pregunta Leo, estupefacto.-¿De qué asignatura es?

-Literatura-contesto yo por Verena, sin dejar de mirar el libro.

-Leo, arráncame un pelo-le dice Verena-Erael, traéme sal, por favor.

Veo como los otros se han ido a dormir, incluído Ventisca. Suspiro.

-¿Por qué no vas tú?-pregunta Erael a Verena, como a Leo, mientras hacen lo que pide.

-Porque es algo complicado y delicado, y no puedo moverme-replica Verena.

-Ya está.-dice Leo, tendiéndole su pelo.

Verena lo coge y lo hecha en su cuenco con sangre. Erael trae una pizca de sal en la cuchara.

-¿Y…?-pregunta Erael, mirando el cuenco, expectante.

-Alejaros cinco paso-ordena Verena, mientras sigo mirándola para ver que hace, aunque viendo mi libro de Literatura de reojo.

Verena se quita el colgante del cuello con delicadeza. Lo mueve encima del cuenco.

-Akla tou kerak, neka asrak.-dice ella.

En los últimos minutos no pasa nada, pero al cabo de tres minutos en el cuenco empieza a emanar una llama de fuego azul que se va haciendo cada vez más grande.

Verena se pone el colgante al cuello. Después una figura reflejada en la llama azul. Ahí sale una persona, encapuchada con una capa de arriba a abajo.

-¿A quién quieres ver?-pregunta el hombre con una lúgubre voz, mientras tiene la capucha puesta.

Me da un escalofrío.

-A William Shakespeare-contesta Verena, con naturalidad.

Leo y Erael miran a Verena, sorprendidos, aunque aún no dicen nada. Sonrío. Fabuloso, así podré también ver al Shakespeare en carne y hueso… Bueno, en carne y hueso no exactamente.

Aparece un hombre mayor y bajito con un vestuario algo extraño. Va escribiendo en un pergamino con una pluma.

-Hmmm-dice, mientras parece que va pensando en su próxima obra.

-¡Oiga!-dice Verena, mientras le intenta llamar la atención, aunque parece que inútilmente, lo que hace que se frustre cada vez más.

 Contengo una risita, porque me encanta la cara que pone cuando está nerviosa, arruga la nariz y hace una mueca graciosa.

-¡EH, WILLIE!-grita Erael, lo que hace que el hombre levante la vista para saber de dónde le llaman.
Mira furioso a Erael. 

-¡Ni en vida me gustaba que me llamaran Willie!-protesta el hombre, de mal humor, haciendo ademán de irse.

-Oiga, William-dice Verena, mirando al hombre atentamente. El hombre levanta las cejas, de mal humor.-¿Me puede contar su vida?

El hombre parece francamente complacido.

-Toma asiento, niña.-Veo como Verena se sienta en el suelo, al lado de Leo y Erael.

Shakeaspeare empieza a contar la fascinante historia de su vida, y no puedo evitar atenderlo también, la verdad es que ha sido una buena idea lo de llamarlo, después de todo ¿quién mejor que él para que te diga cómo era cuando vivía? Él es un genio, de eso no hay duda. Creo que me llevaré algunas de sus obras para mi reino.

Todo marcha genial, hasta que la imagen empieza a moverse, se apagan las luces de repente y no vemos nada. Cuando se encienden, Shakespeare ha desaparecido y sólo hay dos personas enfrentándose, con el filo de las espadas cerca, casi como una caricia de espada y espada; Leo y su hermano.

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