miércoles, 31 de diciembre de 2014

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Cuando yo a alguien le de la razón en todo, debería preocuparse.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Cambios.


Prefacio.

 

Verena caminaba por las tierras rojizas de su reino, pensativa. Se cubrió la cabeza y el rostro con su capa color bronce. Por alguna extraña razón, algo le había llamado a salir al exterior de su palacio.

 

Sonrió a un niño que la miraba con interés. Hubo un destello rojizo en los ojos avellana de Verena, y el niño, en señal de respeto, bajó la cabeza, pero era perceptible la sonrisa en sus labios.

 

Callandor era una tierra calurosa en cualquier época del año, raras veces nevaba y era un ambiente casi desértico, pero había las precipitaciones necesarias como para alimentar al ganado y al pueblo,  y a su vez hacer crecer los cultivos. De niña, a Verena le encantaba jugar con las flores de fuego, le gustaba correr entre ellas y reírse.

 

Suspiró, mientras se pasaba una mano por su melena castaña-anaranjada. Ya hacía tiempo que había dejado de ser una niña y acababa de cumplir los veinte. Tan sólo llevaba dos años en el trono, hacía poco que había tenido la mayoría de edad, aunque ya hacía más de cuatro años que habían muerto sus padres y su hermano mayor renunció a su derecho en el trono, por ella. Decía que él no sería ni la mitad de bueno que ella, que probablemente al día siguiente de su coronación, el reino ya estaría en ruinas. Sonrió al recordar a Drako.

 

Verena D’Pyro, de pronto sintió frío, y a una sombra moverse a su alrededor. Se fijó en que había llegado más lejos de lo que ella quería. Seguía sintiendo frío y esperó, a que aquél que la estaba tanteando saliese de su escondite.

 

Y efectivamente, segundos más tarde, se encontró con una chica cara a cara. A Verena no pareció sorprenderla, pues su espada en llamas chocaba contra la helada de ella. La otra chica maldijo por lo bajo

 

Verena la observó. Parecía hermosa para cualquier hombre, pues tenía exactamente el canon de belleza de los fríos; pelo rubio platino y ojos azules, como un témpano de hielo. Reparó en el colgante que tenía al cuello, tenía el sello real de la familia reinante de el reino de los fríos, tuvo un súbito sentimiento de pena hacia la muchacha, pero no hizo comentario alguno.

 

 

-Eres muy osada-observó Verena-¿A qué has venido?-un destello de una llamarada salvaje pasó por los ojos de Verena, y la otra chica sólo pudo más que estremecerse. El alma de Verena era como el calor de cinco soles, capaz de abrasarla si le venía en gana.

 

-Eres mi misión-replicó ella-Me manda el rey, debo matarte.

 

Verena no dijo nada ante eso, se limitó a mover la espada hacia su mentón.

 

-¿Cómo te llamas?-dijo Verena, con interés.

 

-Tempestad.

Mientras Tempestad la miraba, Verena se rió. Qué adecuado para un frío, pensó.

 

-Eres muy osada, Tempestad-repitió la reina. Había algo muy exótico en ella, como una llama que encandila nada más verla, peligrosa y hermosa a partes iguales.-Demasiado osada.

 

Tempestad estaba desconcertada, había subestimado a aquella mujer. No tenía ni idea de la clase de rival que era. Peleaba mucho más salvaje de lo que una mujer con un vestido tan bonito como el suyo lo habría hecho.

 

Verena aprovechó ese momento para desarmarla. Cuando esto sucedió, Tempestad no la vio venir. La mirada de Verena se endureció de repente y  con un rápido movimiento, se puso tras ella y golpeó su nuca con la empuñadura.

 

Al verla caer suelo, sonrió para sí. Iba a aprovechar este momento con todas sus ganas. Un destello de odio pasó por la mente de Verena y la inundó, y en ese instante quedó contaminada por un momento.

 

Sin embargo, no mató a la otra chica. Arrastró su cuerpo inconsciente a su caballo y lo ató allí, con fuerza para que no se moviese. Agarró la espada de Tempestad y la mandó volar, a dónde nadie pudiese encontrarla.

 

Cuando llegaron a las tierras frías, Arasta, tardaron tres horas y Tempestad, la chica fría, estaba despierta desde hace tiempo.

Verena no pareció darse cuenta y si lo hizo, no movió ni un sólo músculo.

-¿Qué diablos..?-dijo Tempestad, aún atada al caballo.

 

Verena no le hizo el más mínimo caso cuando entró a la fortaleza. Estaba demasiado molesta por el ambiente helado para preocuparse por la chica rubia.

 

Como sabía que pasaría, una chica de pelo azabache ya estaba ahí para recibirla. Desató las cuerdas que ataban a Tempestad y observó como caía al suelo, seria y distante.

 

-Aquí la tienes.-dijo Verena, con el ceño fruncido y echando chispas por sus ojos avellana.-Le pareció buena idea desafiar a la reina. Podía haberla matado, pero recordé que acabar con las personas es más vuestro estilo que el mío.-Fijó los ojos en los de Nevada- A cambio de devolvértela, quiero lo que me pertenece, o te prometo que la mataré aquí mismo.

 

-¿Qué te ha pasado? Tú antes no...-empezó la princesa Nevada, la chica a la que había salido a recibirla.

 

-Si crees que me conoces-dijo Verena con un brillo de odio en la mirada-y que me afectan tus palabras, estás muy equivocada.-Desenvainó la espada y la puso sobre el cuello de Tempestad, que gritaba de dolor al ser una espada de fuego.-Dámelo ahora mismo.

 

Tendió la mano para que le diese lo que buscaba. Nevada tenía miedo de esos ojos, porque no había ira, había odio. Era demasiado  potente como para no abrasarla si Verena quería.

 

Y parecía, en efecto, que Verena quería hacerlo. No supo qué le daba más miedo.

 

Se quitó el anillo y lo puso en su mano.

 

Verena apartó la mirada de odio de ella y observó a Tempestad.

 

-Me das pena-dijo finalmente y se puso a caminar hacia su caballo.-Os mataré si alguna de vosotras dos entra en mis tierras.-dijo, con un tono calmado, como si fuera una advertencia en vez de una amenaza.

 

Cuando estaba lo bastante lejos como para oírla, Tempestad le preguntó a Nevada en un susurro:

 

-¿Qué le habéis hecho?

 

-La destruí.-dijo la otra, con una mueca de horror-Será mejor que no nos volvamos a cruzar por su camino.