El origen de la guadaña que nos abre camino entre el Bien y
el Mal, entre la Muerte y la Vida, es todavía desconocido. Se dice que la
crearon los siete dioses y cada uno le dio una virtud característica, o también
dicen que la forjaron en el lengendario volcán Zär, nombre que viene en honor
al príncipe Zär, el mítico oscuro. O
también, cuentan esta leyenda.
Antes, cuando el mundo era aún joven y casi por descubrir,
la Muerte y la Vida campaban a sus anchas. No se distinguían la una de la otra,
y a menudo los muertos pensaban que seguían siendo vivos, esto sólo hacía nada
más que atormentar a sus seres queridos. La Muerte era considerada como una
enfermedad crónica, en la que los cuerpos iban desvaneciéndose poco a poco,
hasta sólo dejar unos entes a los que llamaban ‘’almas’’.
Dyann, una joven y talentosa bruja cálida, sufrió a la Muerte en sus propias carnes; su madre había
contraído una grave enfermedad el pasado otoño y desde entonces había estado
sola. O técnicamente sola de no ser porque la presencia de su madre le
atormentaba. Otra particularidad de los muertos, eran que se volvían
nostálgicos, melancólicos y profundamente deprimidos. Dyann estaba cansada de
la situación, tenía quince años y aunque quería a su madre, sabía que no la
podía ayudar, y tampoco podía dejar que viviese por ella.
Además de todo, ella no era la única que estaba molesta por
la situación. Ella pensaba que la Vida era para los vivos, y la Muerte para los
muertos, por eso debían estar separados, aunque fuera difícil para ellos separarse
de sus seres queridos, era necesario. Los estragos causados por las almas en
pena (nunca mejor dicho), fueron cada vez más en aumento. Las cosechas estaban
arrasadas, pues las almas tenían un hambre voraz que no podía ser saciada,
muchos de los niños eran poseídos y las almas intentaban encarnar en ellos y
algunos lo conseguían. La propia Dyann casi fue poseída por su propia madre.
Las ganas de vivir, la fe por un nuevo aliente y el hambre de estar vivo, era
lo que les impulsaba a aquellas almas a cometer esas atrocidades.
Así fue como Dyann decidió investigar por su cuenta y buscar
una solución a aquello. De mientras, los brujos de todos los reinos se
dedicaban a intentar contener a las almas que atormentaban a los vivos. Fue
duramente criticada durante los dos años de estudio intensivo que dedicó, pero
no prestó atención a ninguna de las críticas, ella seguía absorta en sus
estudios, necesitaba el modo de poder separar a vivos de los muertos, así que
consultó a numerosos sabios, pero ninguno parecía conocer la respuesta a su
pregunta tan brillantemente planteada.
Pidió audiencia los dioses directamente esperando una señal
para que le diera el conocimiento necesario para crear una solución a todo
aquello. De mientras, los dioses le mostraron su propio destino; estaba junto a
un luminoso y un oscuro, dos chicos de su misma edad que parecían rodearla. Sintió
un cosquilleo en su estómago y se sonrojó. Había encontrado el modo, pero antes
de eso tenía que buscarlos.
Viajó por todo Bohá durante cinco meses, hasta que llegó a
un castillo en la tierra de los oscuros.
Sabía que sólo tenía que esperar, algo se lo dijo en su interior. Se cruzó de
brazos delante del castillo y permaneció durante dos horas en pie, sin sentirse
cansada en absoluto. Finalmente vino lo que tanto tiempo había estado
esperando. O quién, mejor dicho.
Era el príncipe Zär, uno de los que vio en su sueño,
apuesto, de pelo negro y profundos ojos violeta con su armadura negra como el
azabache, bajó de su caballo y la miró.
-¿Quién eres tú, cálida?-quiso
saber él, frunciendo el ceño, mirándola a sus ojos marrones que parecían
haberlo encandilado.
-Me llamo Dyann. Y necesito que vengas conmigo.-repuso ella,
apartándose un mechón castaño rojizo de la frente.
-¿Te conozco?-preguntó él, mirándola más de cerca.-Porque me
eres familiar.
-Quién sabe. Quizás me viste en un sueño.-replicó Dyann, sin
apartar su mirada. Era escandalosamente guapo, se dijo para sí.
-¿Por qué debería ir contigo?-preguntó él alzando una de sus
cejas.
-Porque te necesito, Zär.-murmuró por lo bajo y le contó sus
planes y por qué quería hacerlo-Pero no sólo yo te necesito. Te necesitan todos
los pueblos de Bohá, ¿me acompañas?
Zär pareció dudar durante un segundo, pero asintió.
-Iré contigo.-contestó Zär girando su vista al
castillo.-Pero antes permíteme contárselo a mi madre.-añadió, frunciendo el
ceño.
Dyann se limitó a asentir en silencio y esperó en silencio a
que volviese, que terminó por hacer al cabo de un cuarto de hora, e iba cargado
con lo esencial para el viaje.
A medida que se acercaba a ella, esbozó una sonrisa.
-¿A dónde nos dirigimos entonces?-preguntó subiéndose a su
caballo que era del color del atardecer.-Sube conmigo, ¿o piensas ir andando?
Dyann aceptó su ofrecimiento y subió a su caballo, agarrándose
de la cintura del príncipe.
-Al pueblo de la Luz.
Zär torció el gesto. Dyann esbozó una media sonrisa, sabía
de la legendaria rivalidad entre luminosos
y oscuros.
-¿Es totalmente necesario?-preguntó Zär, agarrando las
riendas del caballo.
-Sí, muy necesario, de hecho.-contestó Dyann, sonriendo.
Tardaron dos semanas en llegar, pero por aquél entonces ya
estaban encandilados el uno por el otro, enamorados, como le habían mostrado
sus sueños, antes de llegar se dieron su primer beso y una marca en forma de
dos cruces pequeñas se formaron en la frente de Dyann.
Encontraron en el camino a un chico que iba vestido de forma
sencilla y portaba un collar con una llave colgada. Tenía los ojos dorados y el
pelo castaño y era algo musculoso, y sonrió abiertamente a Dyann, pero luego
esbozó una mueca al mirar a Zär.
-Mi nombre es Aecka-contestó mirándoles alternativamente.-Y
os estaba esperando.-Frunció el ceño mirando a Zär-Bueno, a ti tenía la
esperanza de que no hubieras venido, pero ya veo que, bueno, mi gozo en un
pozo-dijo Aecka con ironía.
-Sé que nos estabas esperando y que nos has visto.-dijo Dyann,
bajando del caballo ayudada por Zär y miró a Aecka.-Sé de lo que eres capaz.
-¿Te refieres a que lo veo todo con toda claridad?-inquirió Aecka con un deje sarcástico.
Dyann pareció pensárselo, pero respondió en seguida.
-Sí, precisamente a eso me refiero.
-¿De verdad lo vas a creer?-preguntó Zär a Dyann.-He oído
hablar de ellos, algunos son un fraude y este no me parece muy de fiar…
-Pero si el oscurito sabe
hablar…-suspiró Aecka, mientras observó cómo Zär llevó una mano a su cinto-Pero
bueno, ¡hay gente que no sabe encarar las bromas!-exclamó él, metiéndose las
manos en los bolsillos.
-No he venido desde tan lejos para discutir-advirtió Dyann,
cruzada de brazos entre los dos.-Sois una parte fundamental de mi destino y
Aecka lo sabe-dijo mirando a Aecka, que sólo asintió.
-Yo también vi ese sueño-susurró él por lo bajo.-Era muy
hermoso. Como tú.-dijo, fijando su mirada en Dyann. Ella se sonrojó-Pero también
trágico… ¿estás segura?
Zär que no comprendía bien de lo que estaban hablando, los
miró alternativamente.
-¿Segura de qué?-inquirió Zär, que sin saber por qué se
había puesto nervioso.
-Nada es gratis, amigo oscuro-contestó Aecka-pero…
-No soy tu amigo.-gruñó Zär por lo bajo pero lo
suficientemente alto para que pudiese ser oído.
-…aunque a veces es posible cambiar el futuro, otras veces
es tan negro como vuestras almas e inevitable.-terminó Aecka, ignorando la
interrupción de Zär.
Dyann, que había permanecido callada todo ese tiempo,
asintió.
Permanecieron un tiempo en la ciudad luminosa, donde Dyann
se dedicó en cuerpo y alma a los estudios, sin descuidar el amor que sentía por
Zär y el que había nacido por Aecka. Se preguntó cómo era posible amar a dos
personas a la vez, pero no encontró la respuesta a sus preguntas. No aguantaron
mucho porque Zär llamaba demasiado la atención, y a riesgo de ponerlo en
peligro, se dirigieron a la nación cálida,
donde los efectos de la Muerte, se habían visto aumentados considerablemente. Dyann
tardó dos años en descubrir el modo de parar aquello, y en ese tiempo dio a luz
a dos niños, un varón, hijo de Zär, al que llamaron Riän y una hermosa niña,
hija de Aecka, a la que llamaron Dyann. Por aquél entonces, era más que normal
tener hijos a aquella corta edad.
Los acontecimientos se adelantaron más pronto de lo que
pensaban. Aecka, blanco como la cal, susurró a Dyann mientras agarraba a su
hija de apenas seis meses de edad;
-Por favor, haz lo que sea para que esté equivocado.-Aecka
tragó saliva. Él ya lo había visto todo.
-Tranquilo, no me pasará nada.-contestó simplemente,
despidiéndose con un suave beso en los labios a Aecka.
Se marchó a estudiar como siempre iba todos los días tras
despedirse de Zär y Aecka.
-Haz el favor de tener cuidado ¿quieres?-dijo Zär, besándole
con más pasión y fuerza de lo normal, mientras dirigía una mirada a su hijo de
un año que dormía plácidamente en la cuna.-Por Aecka y por mí. Por tus hijos.
-Siempre tengo cuidado…- Dyann frunció el ceño y se marchó
caminando hacia la biblioteca. Observó que había cada vez más almas; una
epidemia había azotado la zona, y el número de víctimas había aumentado.
Suspiró para sí, mientras espantaba algunas con una ráfaga de fuego.
Cuando volvió de la biblioteca hacia su casa, miró como
habían dos cuerpos en el suelo, muy quietos y desvaneciéndose poco a poco. Sus
hijos lloraban, mientras un cúmulo de almas los rodeó. Dyann sabía que los
querían devorar.
Gritó el nombre de Aecka y Zär, pero no hubo respuesta y se
le cayó el alma a los pies al descubrir que ellos eran los cuerpos en el suelo.
Gritó de dolor y decidió, para salvar a lo único que le quedaba ya, probar
aquello por lo que había estado dando todos aquellos últimos años.
De su cuerpo empezaron a surgir llamas, mientras murmuraba
una retahíla de palabras en un idioma extraño. Los aldeanos arrinconados la
observaron con miedo en sus ojos, mientras veían como el cuerpo de Dyann se iba
cubriendo poco a poco de fuego.
Una guadaña se formó en las manos de Dyann, negra y con la hoja parecida al blanco
marfil, hermosa, imponente y Dyann susurró con lágrimas ardientes en los ojos.
-Tu nombre será
Zara’Ecka. Y acudirás cuando te llame…-después de murmurar aquello, creó
una brecha en el suelo con la guadaña-¡Mío es el dominio del Infierno! ¡Mío es
el dominio de la Vida y la Muerte! ¡Y yo decido que vivos y muertos deben tener
lugares separados, porque el pasado es el pasado, y no se puede vivir en
él!-gritó mientras las almas iban una a una siendo absorbidas por la brecha,
con gritos que salían de sus bocas fantasmales. Dyann jadeó, por el esfuerzo
causado y las energías empleadas.-Y así es como nacerá el Valle de la Muerte…
¡La Vida es para los vivos y la Muerte es para los muertos! ¡No puede volver a cruzarse
la línea! ¡No pueden volver a… confun…dirse de… nu-nuevo…!-gritó ella, un grito
que hizo estremecer a todos los vivos de la zona. Sonrió, a pesar de todo,
tranquila, al notar que su propia esencia se iba perdiendo.-Volveré siempre que
se me necesite, siempre que haya una amenaza, volveremos ¡y será mi espíritu el
que alce a Zara’Ecka de nuevo! ¡Sólo yo podré hacerlo!- Dyann cerró los ojos,
con su voz tan baja como un susurro, y dónde había permanecido ella, sólo había
cenizas.
En el cielo, se pudo ver la figura de un Fénix recorriendo
las nubes. Dicen que Dyann era un Fénix enviado por los dioses, cuyo destino ya
se había marcado antes de que ella fuera concebida. También dicen que parte de
su esencia está en las estrellas, nunca se supo si es cierto. Los aldeanos, tan
agradecidos por esto, criaron a sus dos hijos, honrando a su madre, la heroína
que creó la línea entre la vida y la muerte. Riän heredó el reino de los
oscuros, y Clariss tuvo el don de su padre y la magia de su madre. Ambos se
convirtieron en héroes de leyenda, pero esa, es otra historia.
Esta es la historia que más acertada a la realidad de las
que aparecen escritas, en cuanto al origen de Zara’Ecka se refiere, puesto que
sólo los Fénix pueden empuñarla y puesto que el último Fénix tuvo de compañeros
a un oscuro y a un luminoso.
-
Extracto
de ‘’Leyendas de Bohá’’, por Amedrys Ryunn.