lunes, 15 de febrero de 2016

La forja de Zara'ecka



El origen de la guadaña que nos abre camino entre el Bien y el Mal, entre la Muerte y la Vida, es todavía desconocido. Se dice que la crearon los siete dioses y cada uno le dio una virtud característica, o también dicen que la forjaron en el lengendario volcán Zär, nombre que viene en honor al príncipe Zär, el mítico oscuro. O también, cuentan esta leyenda.

Antes, cuando el mundo era aún joven y casi por descubrir, la Muerte y la Vida campaban a sus anchas. No se distinguían la una de la otra, y a menudo los muertos pensaban que seguían siendo vivos, esto sólo hacía nada más que atormentar a sus seres queridos. La Muerte era considerada como una enfermedad crónica, en la que los cuerpos iban desvaneciéndose poco a poco, hasta sólo dejar unos entes a los que llamaban ‘’almas’’.

Dyann, una joven y talentosa bruja cálida, sufrió a la Muerte en sus propias carnes; su madre había contraído una grave enfermedad el pasado otoño y desde entonces había estado sola. O técnicamente sola de no ser porque la presencia de su madre le atormentaba. Otra particularidad de los muertos, eran que se volvían nostálgicos, melancólicos y profundamente deprimidos. Dyann estaba cansada de la situación, tenía quince años y aunque quería a su madre, sabía que no la podía ayudar, y tampoco podía dejar que viviese por ella.

Además de todo, ella no era la única que estaba molesta por la situación. Ella pensaba que la Vida era para los vivos, y la Muerte para los muertos, por eso debían estar separados, aunque fuera difícil para ellos separarse de sus seres queridos, era necesario. Los estragos causados por las almas en pena (nunca mejor dicho), fueron cada vez más en aumento. Las cosechas estaban arrasadas, pues las almas tenían un hambre voraz que no podía ser saciada, muchos de los niños eran poseídos y las almas intentaban encarnar en ellos y algunos lo conseguían. La propia Dyann casi fue poseída por su propia madre. Las ganas de vivir, la fe por un nuevo aliente y el hambre de estar vivo, era lo que les impulsaba a aquellas almas a cometer esas atrocidades.

Así fue como Dyann decidió investigar por su cuenta y buscar una solución a aquello. De mientras, los brujos de todos los reinos se dedicaban a intentar contener a las almas que atormentaban a los vivos. Fue duramente criticada durante los dos años de estudio intensivo que dedicó, pero no prestó atención a ninguna de las críticas, ella seguía absorta en sus estudios, necesitaba el modo de poder separar a vivos de los muertos, así que consultó a numerosos sabios, pero ninguno parecía conocer la respuesta a su pregunta tan brillantemente planteada.

Pidió audiencia los dioses directamente esperando una señal para que le diera el conocimiento necesario para crear una solución a todo aquello. De mientras, los dioses le mostraron su propio destino; estaba junto a un luminoso y un oscuro, dos chicos de su misma edad que parecían rodearla. Sintió un cosquilleo en su estómago y se sonrojó. Había encontrado el modo, pero antes de eso tenía que buscarlos.

Viajó por todo Bohá durante cinco meses, hasta que llegó a un castillo en la tierra de los oscuros. Sabía que sólo tenía que esperar, algo se lo dijo en su interior. Se cruzó de brazos delante del castillo y permaneció durante dos horas en pie, sin sentirse cansada en absoluto. Finalmente vino lo que tanto tiempo había estado esperando. O quién, mejor dicho.

Era el príncipe Zär, uno de los que vio en su sueño, apuesto, de pelo negro y profundos ojos violeta con su armadura negra como el azabache, bajó de su caballo y la miró.

-¿Quién eres tú, cálida?-quiso saber él, frunciendo el ceño, mirándola a sus ojos marrones que parecían haberlo encandilado.
-Me llamo Dyann. Y necesito que vengas conmigo.-repuso ella, apartándose un mechón castaño rojizo de la frente.
-¿Te conozco?-preguntó él, mirándola más de cerca.-Porque me eres familiar.
-Quién sabe. Quizás me viste en un sueño.-replicó Dyann, sin apartar su mirada. Era escandalosamente guapo, se dijo para sí.
-¿Por qué debería ir contigo?-preguntó él alzando una de sus cejas.
-Porque te necesito, Zär.-murmuró por lo bajo y le contó sus planes y por qué quería hacerlo-Pero no sólo yo te necesito. Te necesitan todos los pueblos de Bohá, ¿me acompañas?

Zär pareció dudar durante un segundo, pero asintió.

-Iré contigo.-contestó Zär girando su vista al castillo.-Pero antes permíteme contárselo a mi madre.-añadió, frunciendo el ceño.

Dyann se limitó a asentir en silencio y esperó en silencio a que volviese, que terminó por hacer al cabo de un cuarto de hora, e iba cargado con lo esencial para el viaje.
A medida que se acercaba a ella, esbozó una sonrisa.
-¿A dónde nos dirigimos entonces?-preguntó subiéndose a su caballo que era del color del atardecer.-Sube conmigo, ¿o piensas ir andando?
Dyann aceptó su ofrecimiento y subió a su caballo, agarrándose de la cintura del príncipe.
-Al pueblo de la Luz.
Zär torció el gesto. Dyann esbozó una media sonrisa, sabía de la legendaria rivalidad entre luminosos y oscuros.
-¿Es totalmente necesario?-preguntó Zär, agarrando las riendas del caballo.
-Sí, muy necesario, de hecho.-contestó Dyann, sonriendo.
Tardaron dos semanas en llegar, pero por aquél entonces ya estaban encandilados el uno por el otro, enamorados, como le habían mostrado sus sueños, antes de llegar se dieron su primer beso y una marca en forma de dos cruces pequeñas se formaron en la frente de Dyann.

Encontraron en el camino a un chico que iba vestido de forma sencilla y portaba un collar con una llave colgada. Tenía los ojos dorados y el pelo castaño y era algo musculoso, y sonrió abiertamente a Dyann, pero luego esbozó una mueca al mirar a Zär.
-Mi nombre es Aecka-contestó mirándoles alternativamente.-Y os estaba esperando.-Frunció el ceño mirando a Zär-Bueno, a ti tenía la esperanza de que no hubieras venido, pero ya veo que, bueno, mi gozo en un pozo-dijo Aecka con ironía.

-Sé que nos estabas esperando y que nos has visto.-dijo Dyann, bajando del caballo ayudada por Zär y miró a Aecka.-Sé de lo que eres capaz.

-¿Te refieres a que lo veo todo con toda claridad?-inquirió Aecka con un deje sarcástico.

Dyann pareció pensárselo, pero respondió en seguida.

-Sí, precisamente a eso me refiero.

-¿De verdad lo vas a creer?-preguntó Zär a Dyann.-He oído hablar de ellos, algunos son un fraude y este no me parece muy de fiar…

-Pero si el oscurito sabe hablar…-suspiró Aecka, mientras observó cómo Zär llevó una mano a su cinto-Pero bueno, ¡hay gente que no sabe encarar las bromas!-exclamó él, metiéndose las manos en los bolsillos.

-No he venido desde tan lejos para discutir-advirtió Dyann, cruzada de brazos entre los dos.-Sois una parte fundamental de mi destino y Aecka lo sabe-dijo mirando a Aecka, que sólo asintió.

-Yo también vi ese sueño-susurró él por lo bajo.-Era muy hermoso. Como tú.-dijo, fijando su mirada en Dyann. Ella se sonrojó-Pero también trágico… ¿estás segura?

Zär que no comprendía bien de lo que estaban hablando, los miró alternativamente.

-¿Segura de qué?-inquirió Zär, que sin saber por qué se había puesto nervioso.

-Nada es gratis, amigo oscuro-contestó Aecka-pero…

-No soy tu amigo.-gruñó Zär por lo bajo pero lo suficientemente alto para que pudiese ser oído.

-…aunque a veces es posible cambiar el futuro, otras veces es tan negro como vuestras almas e inevitable.-terminó Aecka, ignorando la interrupción de Zär.

Dyann, que había permanecido callada todo ese tiempo, asintió.
Permanecieron un tiempo en la ciudad luminosa, donde Dyann se dedicó en cuerpo y alma a los estudios, sin descuidar el amor que sentía por Zär y el que había nacido por Aecka. Se preguntó cómo era posible amar a dos personas a la vez, pero no encontró la respuesta a sus preguntas. No aguantaron mucho porque Zär llamaba demasiado la atención, y a riesgo de ponerlo en peligro, se dirigieron a la nación cálida, donde los efectos de la Muerte, se habían visto aumentados considerablemente. Dyann tardó dos años en descubrir el modo de parar aquello, y en ese tiempo dio a luz a dos niños, un varón, hijo de Zär, al que llamaron Riän y una hermosa niña, hija de Aecka, a la que llamaron Dyann. Por aquél entonces, era más que normal tener hijos a aquella corta edad.
Los acontecimientos se adelantaron más pronto de lo que pensaban. Aecka, blanco como la cal, susurró a Dyann mientras agarraba a su hija de apenas seis meses de edad;
-Por favor, haz lo que sea para que esté equivocado.-Aecka tragó saliva. Él ya lo había visto todo.
-Tranquilo, no me pasará nada.-contestó simplemente, despidiéndose con un suave beso en los labios a Aecka.
Se marchó a estudiar como siempre iba todos los días tras despedirse de Zär y Aecka.
-Haz el favor de tener cuidado ¿quieres?-dijo Zär, besándole con más pasión y fuerza de lo normal, mientras dirigía una mirada a su hijo de un año que dormía plácidamente en la cuna.-Por Aecka y por mí. Por tus hijos.
-Siempre tengo cuidado…- Dyann frunció el ceño y se marchó caminando hacia la biblioteca. Observó que había cada vez más almas; una epidemia había azotado la zona, y el número de víctimas había aumentado. Suspiró para sí, mientras espantaba algunas con una ráfaga de fuego.
Cuando volvió de la biblioteca hacia su casa, miró como habían dos cuerpos en el suelo, muy quietos y desvaneciéndose poco a poco. Sus hijos lloraban, mientras un cúmulo de almas los rodeó. Dyann sabía que los querían devorar.
Gritó el nombre de Aecka y Zär, pero no hubo respuesta y se le cayó el alma a los pies al descubrir que ellos eran los cuerpos en el suelo. Gritó de dolor y decidió, para salvar a lo único que le quedaba ya, probar aquello por lo que había estado dando todos aquellos últimos años.
De su cuerpo empezaron a surgir llamas, mientras murmuraba una retahíla de palabras en un idioma extraño. Los aldeanos arrinconados la observaron con miedo en sus ojos, mientras veían como el cuerpo de Dyann se iba cubriendo poco a poco de fuego.
Una guadaña se formó en las manos de Dyann,  negra y con la hoja parecida al blanco marfil, hermosa, imponente y Dyann susurró con lágrimas ardientes en los ojos.
-Tu nombre será  Zara’Ecka. Y acudirás cuando te llame…-después de murmurar aquello, creó una brecha en el suelo con la guadaña-¡Mío es el dominio del Infierno! ¡Mío es el dominio de la Vida y la Muerte! ¡Y yo decido que vivos y muertos deben tener lugares separados, porque el pasado es el pasado, y no se puede vivir en él!-gritó mientras las almas iban una a una siendo absorbidas por la brecha, con gritos que salían de sus bocas fantasmales. Dyann jadeó, por el esfuerzo causado y las energías empleadas.-Y así es como nacerá el Valle de la Muerte… ¡La Vida es para los vivos y la Muerte es para los muertos! ¡No puede volver a cruzarse la línea! ¡No pueden volver a… confun…dirse de… nu-nuevo…!-gritó ella, un grito que hizo estremecer a todos los vivos de la zona. Sonrió, a pesar de todo, tranquila, al notar que su propia esencia se iba perdiendo.-Volveré siempre que se me necesite, siempre que haya una amenaza, volveremos ¡y será mi espíritu el que alce a Zara’Ecka de nuevo! ¡Sólo yo podré hacerlo!- Dyann cerró los ojos, con su voz tan baja como un susurro, y dónde había permanecido ella, sólo había cenizas.

En el cielo, se pudo ver la figura de un Fénix recorriendo las nubes. Dicen que Dyann era un Fénix enviado por los dioses, cuyo destino ya se había marcado antes de que ella fuera concebida. También dicen que parte de su esencia está en las estrellas, nunca se supo si es cierto. Los aldeanos, tan agradecidos por esto, criaron a sus dos hijos, honrando a su madre, la heroína que creó la línea entre la vida y la muerte. Riän heredó el reino de los oscuros, y Clariss tuvo el don de su padre y la magia de su madre. Ambos se convirtieron en héroes de leyenda, pero esa, es otra historia.

Esta es la historia que más acertada a la realidad de las que aparecen escritas, en cuanto al origen de Zara’Ecka se refiere, puesto que sólo los Fénix pueden empuñarla y puesto que el último Fénix tuvo de compañeros a un oscuro y a un luminoso.

-          Extracto de ‘’Leyendas de Bohá’’, por Amedrys Ryunn.

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