- ¿Por qué lloras?-me preguntó un niño en la calle con unas gafas redondas y unos ojos grises. Estaba sentada en un escalón de la puerta de mi casa. Guardé silencio, mientras meditaba la respuesta.
- Creo que no tengo una respuesta clara para eso-me aparté las lágrimas y asentí-Dejemoslo en que estoy loca.
- Si tú lo dices...-suspiró con ese aire tierno y infantil. Me hizo sonreír un poco.-Pero no creo que estés loca.
- ¿Ah, no?
- No.
- ¿Entonces?
- Creo que sólo expulsas lo que no le has dicho a nadie nunca. Y también que estas más triste de lo que quieres hacer creer al resto.-repuso el niño y lo observé más detenidamente-Pero quizás me equivoco, quién sabe-me sonrió abiertamente-Y quizá no llores por eso. Quizás llores porque no sabes qué hacer, o por todo todo lo que te he dicho a la vez.
- ¿Cómo sabes tanto?
- Porque te conozco. Aunque parece por tu expresión que tú a mí no. Digamos que soy tu parte inocente, aquella que nunca crece por mucho tiempo que pase.-El niño me miró, llevándose las manos a la nuca-Piénsalo, Vir. No te merece la pena que estés así, aunque ni tú misma sepas el motivo-me besó en la frente y se puso de pie.-No estás sola, nunca lo has estado. Y no vas a empezar a hacerlo ahora. Y ahora es hora de que abras los ojos.
Abrí los ojos y desperté.
No hay comentarios:
Publicar un comentario