Esto no es un hecho como otro cualquiera. No es una historia
inventada. No es una leyenda y mucho menos un cuento de hadas. Pasó tan cierto
como es que respiras y tan cierto como es que exhalas. Y esta es la verdadera
historia de cómo se conocieron, de cómo se enfrentaron hielo y fuego en una
mirada y lo entendieron todo, sin necesidad de intercambiar palabras.
Verena era muy joven por ese entonces. Tenía quince años,
era valiente, callada, inteligente que rechazaba conflictos y prefería
resolverlos hablando. Estaba hecha para reinar, pero sin embargo, tenía un
problema; No era un hombre y su hermano sí, un caballero noble y amable,
inteligente, pero que no quería el trono. Dorian Drako no se veía capaz de
cargar con la corona de su padre en la cabeza y apenas había cumplido los
dieciséis años cuando murió su padre. No estaba preparado para reinar. Pero no
vamos a hablar de eso, vamos a hablar de algo que aconteció meses antes de que
Verena fuera coronada.
Verena estaba histérica encerrada sin poder hacer nada.
Sabía que luchaba mejor que cualquier otro hombre y que era capaz de hacer
cosas que no eran capaces muchos de los soldados de su padre, pero aún así
estaba encerrada en el castillo que tantas veces había maldecido. Es triste,
pero una servidora debe admitir que estamos en una sociedad de hombres y que
todavía eso no se ha arraigado. Pero en la época de Verena era aún más
complicado ser mujer, aún más difícil. Así que casi que suplicó a su padre que
le diera una oportunidad de demostrar su valía. Pero él era terco como una
mula, como Verena, aunque tuviese buen corazón y se negó. Verena no daba
crédito a lo que oía. La consideraba débil sólo por su condición como fémina,
así que apretó el puño y decidió pasar una prueba que hacía siglos que nadie
había pasado; Zara’ecka, la guadaña que convertía al guardián en aquel que
controlase al mismísimo infierno y a las criaturas que moraban en él. No se
despidió ni siquiera de Erael, se ajustó su armadura (una versión femenina a la
de los caballeros de su reino), cogió su espada que se prendió en llamas nada
más tocarla y la envainó. Se colgó el cinto y montó, encapuchada, en su caballo
sin vacilar ni dirigir la vista hacia atrás.
Galopó y galopó hasta llegar a su destino; la entrada al
mismísimo Infierno. Procuró que su caballo estuviera bien cuidado y alimentado
a su regreso, tendiéndole dinero suficiente a un granjero como para comprar su
granja y gran parte de los animales que cuidaba. El granjero, agradecido,
prometió que el caballo estaba sano y salvo a su regreso.
Verena caminó sola a la hendidura que había en el terreno, y
sin vacilar, se dejó caer. Su melena castaño rojiza se movió mientras se dejaba
caer. Nuestra princesa había accedido al mismísimo infierno, pero no parecía
demasiado preocupada por ello. Tenía la Voluntad de Son, el Elegido y el más
noble y cabezota de la dinastía Drako.
- -Pequeña Verena…-susurró una voz a sus espaldas.
Verena se giró en redondo y fijó la vista en un ser rojo con cuernos y una cola
de toro de una estatura de no más de un niño de ocho años. Un demonio. Tenía
los ojos negros como un abismo, sin pupila y un cabello blanco y largo, que
llegaba hasta al suelo. La señaló con uno de sus dedos huesudos-Tengo tu
corazón… Y tu destino a la palma de mi mano-dijo el demonio con una sonrisa en
la cara.
- -Lo dudo-replicó ella, con ciertos aires de
grandeza, pues no olvidemos que la princesa Verena era aún muy joven.- Lo único
que tienes es un serio problema de mal aliento, pero no es nada que no se pueda
solucionar, te recomiendo consumir la planta de menta. Pero no tengo tiempo
para charlar, el tiempo apremia, así que apártate de mi camino, demonio.-chocó
su hombro contra el del demonio.
Este, ni corto ni perezoso, se lanzó sobre
ella intentando rebanarle el cuello con sus largas uñas. Forcejearon, pero
Verena consiguió atravesarle el corazón con su espada, que hizo que el demonio
se prendiera como una cerilla,
quemándose de este modo y muriendo en el acto, rodó logrando ponerse de pie. Se
apartó la sangre del labio y se volvió a encapuchar, reemprendiendo la marcha.
No se dio cuenta, pero una mancha de sangre del demonio quedó en su capa. Eso
le permitió pasar desapercibida entre el resto de los demonios del infierno.
Algo le decía que estaba cada vez más cerca de su destino.
Oyó un grito a la lejanía, un grito humano,
que le heló el alma. Corrió a su encuentro y no logró distinguir la figura que
tenían acorralada una manada de aquellos malditos demonios, aquellos cuya raza
pertenecía al que le había atacado hacía apenas unas horas. Cargó una llamarada
en su mano y la lanzó hacia los demonios, que se giraron para lanzarse contra
ella. Eran unos diez y aún no sabía Verena si aquella persona a la que había
rescatado estaba a salvo o no, pero lo que le importaba en ese momento era
quitárselos de en medio. Casi acaban con ella, pero con un par de heridas en la
cara y el hombro dislocado, logró salir mejor de lo que se habría esperado de
otra persona.
Cerró los ojos haciendo una mueca por el
dolor y envainó su espada. Pensó en algo que podían hacer los demonios que era
anatómicamente imposible, enfadada, y cuando abrió los ojos, le vio.
Era el chico más guapo que había visto
nunca. Tenía la piel tersa y blanca y unos rasgos delicados, portaba una
armadura típica de un frío, tenía el
pelo corto y negro como el azabache y se encontraba inconsciente. Le tocó el
cuello y comprobó que su pulso era regular. Suspiró de alivio.
Ella no sabía que ese chico no se trataba
de un chico; era Nevada, la princesa de la nación de los fríos. Pero en ese
momento, poco importaba, se dijo que sacaría de ahí a aquel misterioso
muchacho, cuando miró la vitrina donde descansaba Zara’ecka, en forma de
colgante, observó vacilante a Nevada y un muro de fuego cubrió a esta, que
permanecía inconsciente.
A duras penas, se acercó a la vitrina, pues
Verena aún estaba herida del anterior combate, cuando otra horda de demonios
apareció en escena, Verena suspiró y no supo si iba a salir de esa. Pero tenía
que intentarlo, no podía dejarse morir tan fácilmente y darle la razón a su
padre y a casi todos los miembros del reino que pensaban como él. Con la
Voluntad de Son y una determinación jamás vista en una chica de quince años,
derribó a los demonios de una oleada de fuego con su espada, como habría hecho
su antepasado el día que se descubrió que era el verdadero rey. Sorprendida,
exhausta y orgullosa de sí misma y no sabiendo de dónde sacaba tanto poder,
sintiendo todo eso a la vez, se acercó a la vitrina que no necesitó tocar, y
apreció, sorprendida y en su real forma en la mano derecha de Verena. No
advirtió que un símbolo de dos cruces pequeñas se formaban en su frente. Al
tocar la guadaña, las heridas de Verena desaparecieron y Zara’ecka finalmente
quedó en forma de colgante en el cuello de la chica. Sentía que el colgante
vibraba y latía, pero era una sensación cálida y agradable, que la invadía por
dentro, una sensación de que estaba acompañada por una fuerza mayor durante
toda su vida y la sensación de que había despertado un dragón dormido dentro de
ella.
Deshizo el muro de fuego igual que lo había
creado y rodeó la cintura del chico con uno de sus brazos, sintiéndose más
fuerte y capaz de cargar, al menos, más fácilmente con él.
Algo la guió hasta la salida. No supo si
era la situación o simplemente que era una de las habilidades del colgante,
fuera lo que fuese, se sentía orgullosa de sí misma por tal hazaña que acababa
de lograr. Consiguió salir y acampó con el chico (que seguía siendo la princesa
Nevada), en una parte apartada del bosque y no le quitó ojo de encima,
aguardando a que se despertase con suma paciencia que no había sido antes vista
en ella.
Cuando Nevada abrió los ojos lo primero que
vio fue una sonriente Verena:
- -¿Quién eres?-murmuró ella ruborizándose de
improviso. No esperaba que la hubieran salvado, pues ella también se había
escapado para demostrar su valía, pero ella no tenía tantas esperanzas de
volver a casa sana y salva, es más, sabía que su destino era peor si su padre
se enteraba y llegaba antes de tiempo-¿Dónde estoy?
- -Mi nombre es Verena. Verena Drako.-dijo Verena
sonriendo más abiertamente.-Estás en el bosque, tuve que sacarte de ahí porque
habrías muerto. Fuiste muy valiente. Pero te superaban en número.
Drako…
pensó Nevada. Así que esa valiente chica pertenecía a la familia real cálida, nunca había visto a ninguno en
persona, pero si eran tan locos como ella, se dijo que su vida sería corta.
Contuvo una risa.
- - Tampoco es que tú estuvieras más allá que
yo-observó el colgante de Verena y la miró.-Así que lo has conseguido…-Si
Nevada se sentía sorprendida, no lo expresó.
- -Sí…-dijo ella simplemente, impasible de
repente.-Aún no sé tu nombre.-susurró Verena por lo bajo.
- -Mi nombre es…-Nevada aguardó. No sabía si era
sensato decir su verdadero nombre, así que decidió mentir al respecto-Mi nombre
es Tempestad.
- -Tempestad…-murmuró Verena para sí misma. Qué
apropiado para un frío.-Encantada.
Y así fue como ocurrió. Así fue como
empezaron a conversar y cómo surgió aquel chispazo entre las dos. Cuando Verena
se enteró de quién era realmente, estuvo dolida, pero no pudo evitar lo que
sentía y no le importó.
Pero esto no es una historia feliz. Nunca
se supo que pasó, pero sólo se supo que de esa fatídica y turbulenta unión, la
única que salió realmente herida fue Verena. Algunos piensan que lo que
Verena no pudo soportar fue la verdad,
otros que Nevada le traicionó en innumerables ocasiones. Nunca se supo y nunca
se sabrá.
Aunque, lo cierto es que mejor así, porque
eso le dio a Verena la fuerza y la confianza para conocer al verdadero amor, o
verdaderos amores, en caso de Verena. No todas las historias tienen un final
feliz, algunas acaban con uno amargo, pero sólo para que otras puedan empezar.
-
Extracto
de ‘’Leyendas de Bohá’’, por Amedrys Ryunn.
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