Son tenía trece años cuando le encomendaron una tarea muy
especial; debía ocuparse de un Cuervo negro que pertenecía a la familia real.
Pero no era cualquier cuervo; era un Cuervo que por los siglos de los siglos
había estado viviendo y pese a ser tan anciano, el Cuervo tenía unos ojos
vivaces y brillantes y no parecía tener ningunas ganas de morir.
Son no comprendía por qué era él el que debía vigilar el
Cuervo. Su madre le explicó que era algo que había heredado de su padre, de su
familia paterna, los Drako, que habían estado íntimamente ligados a los reyes y
cuando Son le dijo que sólo era un pájaro, su madre le reprendió:
-No digas eso, Son. No es cualquier pájaro. Dice la leyenda
que cuando el Cuervo sea liberado y sus plumas se tiñan de blanco y se pose
sobre la persona adecuada, habrá encontrado al Elegido para dirigir esta
nación.
-Pero, mamá, ya hay un rey-señaló Son, viéndose obligado a aclarar
ese matiz.
Su madre, que era muy sabia y había vivido más que él,
sonrió con tristeza.
-¿Por qué crees que lo tienen enjaulado?-preguntó
ella-Tienen miedo, tienen miedo a que el pájaro vuele y encuentre al verdadero
rey, a un rey justo y adecuado.-la mujer suspiró y miró a su hijo-Pero no digas
nada de esto, porque sabes lo que puede pasarte.-le advirtió ella, seria y con
un tono seco en la voz.
-Sí, mamá, prometo no decir nada-asintió Son y dirigió la
mirada al Cuervo. No sabía por qué, pero el animal había despertado una
simpatía en él que no era ni medio normal.
A medida que fueron pasando los años, Son y el Cuervo se
hicieron amigos. Pese a que Son había crecido y tenía una rizada melena
pelirroja y unos profundos ojos negros y su cuerpo había sido rellenado poco a
poco de una forma adecuada, nunca cambió la amistad que tenía con el Cuervo. Y
el animal parecía haber cogido un apego cada vez más mayor por Son. Son era el cálido más prestigioso y famoso de su
reino, el nombre de Son Drako se susurraba y nombraba cada vez que lo veían
pasar, el guardián del Cuervo, aquél que mantenía cautivo al animal más
importante y codiciado. Tuvo que hacer carrera militar sólo para proteger al
Cuervo, pues más de uno intentó hurtarlo y erraron en el proceso. Sin embargo,
pese a ser uno de los más diestros espadachines y capaces de todo el reino, a
Son nunca le gustó la violencia. Parecía más interesado en hacer estrategias y
evitar problemas que crearlos.
Son tenía dieciséis años cuando se enamoró perdidamente de
Lady Crystal, que procedía de una familia noble luminosa. Entre mirada y mirada, conversación y conversación, y por
qué no, algún que otro beso robado, consiguió hacerse con el corazón de la
joven noble luminosa. Era bellísima,
la mujer más hermosa que jamás había visto Son, tanto su físico como su alma;
rubia con el cabello largo y de unos ojos castaños que parecían iluminar todo
lo que miraba y un alma cristalina, inteligente y generosa. Desde entonces, Son
quedó totalmente cautivado, y para su suerte el sentimiento era correspondido.
Pero la mano de Lady Crystal era para el príncipe Jian. Un
imbécil presuntuoso que sólo pensaba en la guerra, las mujeres, la caza y en la
bebida. Todo lo contrario al noble Son, un alma pura, justa, noble y buena. Y
para más inri, creía ser superior a todo el mundo sólo por ser el heredero al
trono, dedicándose a amedrentar a los demás. De todas formas, era apuesto y
perfecto, se lamentaba Son. Un futuro rey, con una melena negra cortada a
cepillo y unos ojos verdosos, mientras que Son pensaba que no había ninguna
esperanza de ser feliz con su amada, su corazón se rompía poco a poco en
silencio, notando como se acercaba más la fecha de la boda.
Lloró amargamente en el hombro de la mujer a la que amaba el
día antes de la boda. Nadie le había visto llorar excepto Crystal. Nadie. Podía
tener a toda mujer que quisiese, pero ninguna era Crystal y ella, con lágrimas
en los ojos, le susurró:
-Siempre te amaré a ti. Siempre. Aunque me rompa en pedazos
el no estar contigo.
Y lo besó. Fue el beso más dulce y apasionado que jamás se
habían dado, pero sabía a despedida. Ese regusto amargo que da la certeza de
que has perdido una parte de tu alma; esa clase de regusto que no revuelve tus
tripas, sino tu corazón.
No se presentó a la ceremonia. Son no tenía fuerzas ni ganas
de luchar contra el impulso de salir corriendo, simplemente se sentó en los
escalones de la iglesia con el Cuervo enjaulado a su lado, que miró de reojo.
Tragó saliva y llevó una de sus manos al cierre, que abrió
delicadamente de par en par. Qué más le daba. No tenía nada que perder. Su vida
ya no le importaba lo más mínimo. El Cuervo pareció vacilar pero salió de la
jaula que lo mantenía preso y voló por el cielo. Son se lo quedó mirando y
creyó ver en los ojos del Cuervo un matiz inteligente y divertido cuando le observaron.
Para su sorpresa, el Cuervo voló hasta su hombro posándose
en él y sucedió lo inexplicable; las alas del cuervo se tiñeron de un blanco
puro y sintió como un aura de fuerza le rodeaba. Se sentía capaz de hacer
cualquier cosa. Cualquier cosa.
Son supo lo que tenía
que hacer, lo que debía de hacer,
como si el Cuervo Blanco se lo hubiera dicho.
Son, ya más decidido y con una seguridad en sí mismo que
nunca antes había tenido, abrió de par en par la puerta de la iglesia con el
Cuervo Blanco en el hombro y cuando estaban a punto de finalizar la boda todo
el mundo ahogó un grito cuando lo vio caminar con el Cuervo Blanco en su hombro
y una expresión decidida al altar. Tanto el rey como el príncipe cayeron al
suelo de rodillas, pero el primer impulso del rey fue llamarlo traidor y
ordenar a la guardia que lo prendiese.
Son desenvainó su espada que tenía un grabado nuevo que no
advirtió hasta después de la lucha y se prendió de fuego. Crystal gritó cuando
le dijo que tuviera cuidado y sólo le bastó hondearla para quitarse a los
soldados de en medio. Por eso la familia Drako, porta espadas tan ardientes y
valientes como sus almas.
Y así, la tiranía de los Aradian terminó y Son fue coronado
como rey de la nación cálida de Bohá
y se casó con su amor verdadero, Lady Crystal. Desde entonces, somos gobernados
por el linaje más justo de todos, los Drako.
Son dejó libre al Cuervo Blanco, porque pensó que era lo más
sensato. No se merecía estar enjaulado, no después de tanto tiempo y Son tenía
un corazón tan justo y noble que no se veía capaz de mantener preso a un animal
tan bello y mágico como era el Cuervo Blanco.
No obstante, dicen que siempre que un Drako es coronado, el
Cuervo Blanco aparece sobrevolando la zona, para recordar a los cálidos que es un verdadero heredero de
Son, el más justo y noble de los hombres y una decisión acertada.
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Extracto
de ‘’Leyendas de Bohá’’, por Amedrys Ryunn.
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