domingo, 17 de enero de 2016

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Corría. Correr, correr... Era de lo único que podía preocuparse en ese momento. Respiró hondo. Estaba decidida en no echar la mirada hacia atrás, su meta era más importante que la línea de salida.
Ella no lo sabía. Pero en su interior había afianzado el deseo de conseguirlo. De alcanzarlo, de tocarlo... Y podría haber tropezado por el camino y haberse caído, pero siempre se levantaba, aún más decidida que la vez anterior, si eso era posible.

Había crecido y una sonrisa apareció en su rostro. Sí, había crecido. Ella era cosciente de que no era la ingenua niña que era anteriormente. Quizá seguía siendo algo ingenua, pero no como antes.

Y sinceramente, estaba cansada de que la vieran así, aunque no sabía cómo evitarlo. Se llevó las manos a la nuca y paró un poco. Su pecho bajaba y subía por la falta de aliento, no estaba en buena condición física ni estaba hecha para correr. Pero debía hacerlo, ya no era una cuestión física, era algo más poderoso que eso; su voluntad, su fuerza interior, sólo había que ver las cicatrices de su alma si se le observaba con atención. Cerró los ojos para evitar la tentación de mirar atrás, y, apartándose el sudor de la frente, volvió a echar a correr con una media sonrisa tan suya en los labios.

Lo tenía más claro que nunca. Ella era la dueña de su destino. En ese momento, ahora y siempre.



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