-Es cierto, te amo-dijo a ella, mirándola, simple y llanamente.-Pero también es cierto que, desde mi punto de vista eres una droga y siempre, de una forma u otra me haces daño-añadió.
-¿Y qué quieres decir con esto?-preguntó la chica, con el mismo semblante serio y carente de expresión.
La otra sonrió de una forma pícara, y notó como un rubor se posaba en el rostro de la muchacha, demasiado fugaz que otra persona no se habría dado cuenta de ello, pero C sí que lo notó, mientras que N lo ignoraba.
-Ya, ni si quiera lo entiendo yo-la risa de C sonó musical y alegre, a la par como una risa fuera de lo común y N contuvo una sonrisa-Pero, pese a tus tantas mentiras y los intentos para que te odie, nunca lo consigues, es más, sólo haces que intente ayudarte, más y más, pero sólo te alejas y…-intentó terminar C, pero N se marchó, arreglándose las gafas y cabizbaja. Tenía miedo de algo, pero C no supo muy bien de qué. Era hermosa, y si era consciente de éso, no lo demostraba. También estaba rota. Algo no funcionaba en ella, y eso le hacía tener cada vez más ganas de protegerla. No es que N necesitara protección, ni que fuera débil, sino, que despertaba en C unos sentimientos tan contrarios y tan extraños, que al principio no los entendió, pero se fue aconstumbrando a ellos, y ese sentimiento tan intenso desembocaba en los deseos de tenerla cerca y no soltarla, que nada ni nadie jamás pudiese dañarle, ni C misma.
C pensó en ayudarle muchas veces, suspiró. Nunca se dejaba, y se sentía demasiado frustrada. Tener que verla desde lejos no le gustaba, necesitaba interaccionar.
N hacía lo posible para que la odiase, intentó muchas cosas y no funcionó nada. Jamás, los intentos para ser odiada por ella.
-Tengo una idea-murmuró C, tras perder de vista a N. Se giró para ir a su casa, pero no notó que N la observaba de lejos…
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