viernes, 8 de junio de 2012

Prólogo. Sangre entrelazada.

22/09/1894

Jade se removió las manos, nerviosa. Tocó suavemente el colgante en forma de corazón que le colgaba del pecho y suspiró. Se concentró unos instantes y la palma se iluminó con una tenue luz blanca. Sonrió y acarició su vientre hinchado, por unos instantes, se olvidó de lo que venía a continuación.
Empezó a pasear a lo largo y ancho de la habitación, hasta que se vio al espejo, observó su larga y ondulada melena castaña, al igual que sus ojos castaños y sus... alas.

Sí, Jade tenía alas. Unas alas preciosas, Jade era un ángel. Un ángel de los más alto estándar, de hecho. Pero eso no importaba ya, Jade había violado las normas, de una forma de lo más indecorosa entre los miembros de su especie.

Enamorarse de un demonio. No uno de esos llamados chicos malos, no. Un demonio de los de verdad. Pero ella sabía que Inferno no era tan malo, que no era uno de esos demonios que devoraban almas sólo por pura diversión, que jugaba con fuego y con almas humanas, un demonio rodeado de lujuria, de un orgullo demoníaco, de una aura maligna. Bueno, vamos a resumirlo bien, un demonio normal.
Dentro de todo mal, existe el bien, dentro del bien, existe el mal. Existen las tentaciones, nadie es correcto completamente. Ni si quiera los ángeles y los demonios. Incluso en sus corazones existen amor y odio, a partes iguales, por eso se compenetraban y atraían tanto Inferno y Jade.

A pesar de ser polos opuestos, se amaban. De una forma hermosa y verdadera. Pero, ciertos lazos entre ángeles y demonios, lazos fuertes, que no sean odio, estaban prohibidos. Curiosamente, en ese aspecto, los demonios eran más piadosos cuando alguno de los suyos cometía una supuesta ''monstruosidad'' de dicho calibre.

Jade estaba esperando a Inferno, no le iba a decir lo que estaba esperando, no le iba a decir el castigo que le iban a poner los ángeles, porque sabía que este entraría defendiéndola. Pero quería despedirse de él, de su cabello rubio casi blancos, de sus oscuros ojos negros, de sus labios suaves, que siempre la esperaban impacientes. Sólo quería besarle una última vez, sólo una vez y ya afrontaría su destino, por muy amargo que fuese.
Inferno entró por la sala, con sus pasos finos y casi inaudibles, que sólo el fino oído de ángel de Jade podían oír. Su rostro estaba tan frío y inexpresivo como siempre, pero sólo al ver a Jade sonrió, tan solo un poco, pero sus pómulos se alzaron y eso hizo que fuera aún más hermoso todavía. Jade suspiró, aliviada, con tan solo verlo.

Únicamente había una cosa que le hacía feliz a Inferno; Jade, y su futura hija, Akhael. No sabían como sería su hija, si era un ángel, si era un demonio y eso era lo que más preocupaba y nublaba la mente de Inferno, el  Guerrero del Infierno. Su pequeña, su hija, su familia. Era lo único que le perturbaba al demonio que siempre había presumido de carecer de aquello que las malas lenguas llaman, ''sentimientos''.


-Jade...-susurró con su voz grave Inferno, cuando se acercó Jade. Recibió el suave beso de Jade de buena gana, mientras sostenía su cintura, acariciando los pliegues de su vestido.-Te noto tensa-dijo, con una voz grave.
-No es nada sólo que yo...-pero no pudo acabar la frase porque, un grupo de ángeles y demonios se materializaron delante de ellos.
Inferno desenfundó su espada, casi automáticamente, poniéndose delante de Jade, de su Jade.

-Entregadnos al ángel.-ordenó un arcángel, con voz fría e impersonal, un ángel de alas dorados.-En nombre de Dios, de los ángeles y por orden del mismísimo arcángel Gabriel, en acto de presencia.-el arcángel desenfundó su espada, acercándose a Inferno cada vez más.-Entregaos ahora, y no sufriréis ningún castigo.
-¡Pero mi hija sí!-aulló Inferno, a modo de un grito de guerra.
-¡Traidor, a tu sangre y a tu especie, entrégate ahora!-gritó uno de los demonios mayores a lomos de una especie de monstruo de tres cabezas.
Oyeron un que procedía de la dirección de Jade. Ésta tenía los ojos en blanco, y su pelo de punta. El cuerpo de ésta estaba rodeado de un aura blanca.
-La niña que no debió ser creada, que no procede del Cielo ni del Infierno, decidirá el destino del mundo, en sus manos está la balanza desequilibrada del bien y el mal. Nacerá, dentro de cien años, con poderes muy superiores a el de un ángel y habilidades muy avanzadas de un demonio. En sus manos estará, el destino del mundo. Errará, se desviará, pero siempre volverá. Pero, nunca estará sola, su familia, sus amigos, la protegerán, entre el fino hilo de la vida y la muerte... -vaticinó Jade, con su forma de Voz de el Cielo.
Su vientre fue poco a poco decreciendo, para asombro de los presentes. Y con una sonrisa dulce y un chasquido, Jade desapareció en un aura de luz, dejando caer tan solo su amuleto al suelo.
-Te amo, pero debes rendirte, si no, será peor.. Te prometo que te sacaré de ahí-Inferno escuchó las últimas palabras de Jade, con lágrimas en los ojos. Dejó caer su espada al suelo y se rindió, ante el asombro de ángeles y demonios.

Pero él supo, que ni él, ni su hija, estarían solos.

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