Últimamente tengo mucho tiempo para pensar. Sé perfectamente que eso no es bueno, pero no sé cómo remediarlo.
He estado pensando en lo egoísta que somos a veces, en que muy pocas veces valoramos lo que tenemos y a quién tenemos. En que muy pocas veces pensamos más allá de nosotros y lo que pueda pasarle al resto nos da igual. Incluso a gente que tenemos muy cerca.
Pedimos opiniones, pero sólo queremos halagos. Da igual que la crítica sea constructiva o no, sólo queremos halagos.
Preguntamos qué tal estás y cómo te sientes. Pero no queremos saberlo, no realmente. Nos da igual si lo que digamos hiere al resto o no. Qué más da. Qué más da las lágrimas que hayan derramado por nosotros y las que vayan a derramar.
Pero no nos damos cuenta de que todo es tan frágil y fácil de destruir que con sólo apretar el puño podemos hacerlo pedazos. Un corazón es tan frágil o más que un vaso de cristal, pero no miramos por el de los demás. Sólo por el nuestro.
Y por eso cuando te lo hacen duele, duele tanto que aunque no se den cuenta de que lo están haciendo, duele demasiado como para ser humanamente posible de aguantar.
Nada es para siempre. La muerte es el punto final más dramático y perfecto.
Pero cuando haces daño a alguien, sólo aceleras el proceso.
Y sólo te das cuenta, cuando le has perdido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario