Ella tenía el corazón tranquilo, demasiado tranquilo, a decir verdad. Respiró hondo y apartó la pistola, mientras pensaba y miraba el cadáver de reojo, casi con superioridad.
Estaba en el callejón y la noche se cernía sobre ella, Lynn, la que tenía demasiados adjetivos, más agradables unos que otros, pero el principal, mercenaria.
La luz de la luna le daba un aspecto casi místico, reflejándose en su melena rubio platino, convirtiéndola por unos instantes en una especie de ángel vengador, cuando miraba al hombre tumbado el cual tenía una petrificada y perpetua mirada de terror.
Lynn nunca se acordaría del nombre. Haría todo por olvidarlo. El trabajo era duro, pero era trabajo.
A decir verdad, ese hombre era un hombre de Dios, un cura, aunque Lynn no estaba muy segura si Dios habría visto sus actos con buenos ojos.
De todas formas, no le importaba lo más mínimo. Sólo le importaba deshacerse de aquel tipo gordo con sotana que había en el suelo, le daba igual que fuera al Infierno o al Cielo.
A Lynn le habían contratado para matarle por una mujer, ya antes niña, a la que había violado.
Lynn aceptó, ya que en su escala personal era un ocho sobre diez, sobre gente que merecía morir.
Sacó unos botes de ácidos de su mochila, en total tres y empezó a vertirlos sobre el cuerpo del clérigo. No pudo evitar pensar en cuando lo hizo con doce años por primera vez. Casi lloraba y vomitaba. Pero ahora con dieciocho años, no se sentía culpable.
Observó como se deshacía el cuerpo, y sacó una botella de gasolina y un paquete de cerillas, rociando los restos. Prendió las cerillas y las tiró al cuerpo ya deshecho. Se descalzó y tiró sus botas y sus guantes, para sustituirlos por otros.
Se echó la capucha y cogió su 9mm guardándosela en su bota derecha.
Se encaminó a su piso. Era de estúpidos quedarse ahí, habiendo terminado el trabajo.
Se puso más cómoda y se dispuso a llamar a su clienta, asegurándose de que el número permaneciera privado y su voz distorsionada.
Habló.
-Está todo listo.
-Bien, tendrás tus cinco mil en el banco, bajo el nombre de Carlos Herrera-la voz de la mujer sonó neutra, carente de culpabilidad. Lynn casi se sorprendió, pero no dijo nada.
-Eso espero-contestó, y colgó, sin tener nada más que decir.
Se dejó caer en el sofá y prendió la televisión.
<La gente me vería como una asesina o una justiciera> Se dijo para sí misma.
Pero ni ella sabía lo que era.
O//O q intrigante.. me guzta ^^-
ResponderEliminarPues ya estoy escribiendo la segunda parte ^^
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