miércoles, 28 de noviembre de 2012

Magia.

De pequeña, siempre me fascinó los trucos de magia. Siempre quise saber cómo hacer estos, como demonios hacían aparecer una moneda de tu oreja y yo, como una tonta, miraba si ésta era una especie de hucha.

Recuerdo aquél día en el que aprendí mi primer truco de magia. Casi lloro de la emoción. Casi... no sé, casi me siento la reina del mundo.


Porque aquél día fue cuando descubrí la verdadera magia, y mis talentos.

Bueno, tal vez sólo uno. El talento. Mi talento. Sí, y no soy creída ¡eh!

Aprendí a crear, a fascinar, a intrigar, a abrir mi corazón.


Aprendí, hmmm... a ser yo, y se me da mejor que nadie (o eso creo, a menos que tenga una hermana gemela en el mundo igual de subnormal que yo, entonces eso sí que sería raro.)


Porque yo creo sueños.
Porque yo lucho contra dragones.
Porque yo derrito los polos.
Porque yo, uso mi pluma de arma.
Porque yo soy lo que yo misma he creado.


Porque yo... Escribo para existir. Como necesidad, como forma de ser, y si alguna vez dejase de escribir por algún motivo que sea (cualquiera, si os place) ya no sería yo, sería otra persona.



Porque, quizá no tenga poderes fantásticos, pero sí sé lo que es la magia y ésta vive dentro de mi mente.

Y todo se lo agradezco a la mejor maestra de magia y hechicería y maga de las palabras que he podido tener, y que me enseñó a creer en los cuentos de hadas y a perseguir mis sueños, a Laura Gallego  García.

PD: Todo escritor me entiende y todo escritor es un mago de las palabras, cuál sea su estilo, sea malo, sea bueno, escriba novelas de amor, de terror, de suspense, de fantasía, poesía o simplemente sea un fanático de eso que llaman y que, aunque está algo pasado de moda en la sociedad, aquello que llamamos pensar.

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