Siempre que pasaba por ahí, de camino a tomar café, veía sentada en un banco a la misma chica de ojos castaños con un bajo, un boli y una libreta.
Era algo tan natural que la gente ya no le prestaba atención, la consideraban como una especie de parte del pueblo, algo que está ahí desde siempre.
Pero él no.
Se pasó una mano sobre su pelo pelirrojo, y siempre que la veía, fijaba unos segundos la mirada sobre ella, hasta que ella levantaba la mirada con un ceño pensativo y entonces él apresuraba el ritmo para ir a tomar el café, pues se recordaba que tenía que volver a la biblioteca a estudiar.
Se convirtió en un juego continúo y diario.
Él no era especialmente tímido. No le costaba demasiado hablar con la gente e incluso era simpático. Pero con aquella chica de la que ni si quiera sabía su nombre, estaba un poco cohibido.
Y un buen día, logró reunir las fuerzas suficientes. Agarró su café sin decir nada y se sentó en el banco, junto a ella.
Ella levantó la vista de la libreta y sonrió.
-Pensaba que te quedarías mirándome eternamente sin decirme nada todos los días-dijo ella, acariciando el bajo distraídamente.
-¿Te dabas cuenta?-preguntó sorprendido. Maldijo para sus adentros el hecho de no saber fingir.
-Claro. Siempre te quedas parado delante de mí unos segundos, antes de tomar tu café diario para volver a estudiar.
-¿Cómo sabes todo eso?-preguntó sorprendido.
Ella esbozó una media sonrisa.
-Porque yo también te miro.
Algo giraba en el estómago del chico, de forma agradable.
-Soy Leo.
-Yo Vir. Encantada.-sonrió Vir, amablemente.
-¿Puedo preguntarte algo, Vir?
-Claro.
-¿Qué escribes?
-Ah...-ella pareció pensarse la respuesta.-Tontas canciones de amor. ¿Y cuando me vas a pedir una cita, Leo?
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