viernes, 4 de enero de 2013

A la Luna.

El frío recorre mi médula,
mas, sólo llega calor a mi
fuero interior. Sólo hay
ardor.

Sólo noto calor, cómo
mis mejillas se colorean
de rubor.

Cómo, ante la idea, me hago
un lío de palabras y soy un
amasijo de nervios.

Tal cosa nunca me había pasado,
yo, que me escondo tras las rocas,
di un paso en falso, más cerca
del abismo y más lejos de cualquier
sentido.

Llegué a escuchar latidos de un
corazón maldito, aterciopelado
y hecho añicos.

Llevé mis ojos al extremo de la
ceguera, y volví con una visión
del futuro.

Auguré tormentas, y tormentas
hubieron. Me quedé callada y
prendada, observando cómo
la Luna me miraba.

Me sonreía y me decía:
"Hija mía, ¡qué perdida estás,
y que tierna es tu mirada,
a qué acompasados corazones
haces girar, y sólo algunos te
logran tocar!
Sólo en ti existe la fe, para luchar
por lo que quieras de Él"

No entendí sus palabras, pero
las hice mías, y ahora ruego todos
los días, tras haber comprendido
su melodía, en que una suerte
no maldita, venga a mi vida...

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