La conciencia grita, lastima,
como una vieja herida
a la que no quieres escuchar.
Y aunque corras −y se ría de ti, traicionera−
siempre te alcanza, como una vieja enemiga,
ella te alcanza, y te hace sentir rota, vacía
−quizá más rota y vacía de lo que ya estabas−
en un cúmulo de circunstancias que tú misma
ni si quiera entiendes.
Guardas un mundo interno, al que nadie puede ver,
porque sólo ven la carne y la voz pero nunca el espíritu.
Y sólo tienes a la conciencia, que te conoce desde
el primer día, para que de ti se ría.
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