miércoles, 4 de septiembre de 2013

Raúl.

Caminó a paso rápido, que a decir verdad tampoco estaba muy seguro de a dónde iba.

Raúl se revolvió su pelo negro, moviendo la mirada hacia el cine abandonado que había al final de esa calle.

A decir verdad, casi que lo habían echado de casa. Prácticamente su padre le había dado cincuenta euros y lo había empujado a la calle. Y claro, cuando te daban cincuenta euros y te decían que dieras una vuelta, o pensabas mal, o simplemente hacías caso.

Raúl optó por la segunda. No podía juzgar los actos de su padre y menos pensar así de ellos. Era su padre. Seguramente si hubiera sido cualquier otro hombre, no habría nada más que haberlo visto con una mueca asqueada.

Aunque su padre era un hombre reservado y misterioso, siempre decía que Raúl había heredado el optimismo y las buenas formas de su madre. Quizás por eso no soportaba a su padre a veces. Su madre se había ido cuando él era sólo un bebé y él no sabía que pensar.

De todas formas, tenía a su padre y lo quería, a pesar de sus múltiples disputas, siempre se reconciliaban. Eran demasiado parecidos y a la vez diferentes para soportarse con normalidad.

Pero aún no sabía por qué iba al cine abandonado. Ese barrio le daba mala espina, y lo único que le dijo su padre era que esperase y sabría por qué iba ahí.

Cuando llegó se apoyó en la pared fijando sus ojos negros en un coche blanco.

Suspiró. No sabía muy bien para qué estaba ahí, hasta que apareció una chica con moviendo el cabello rubio platino, como si fuera un halo. Era guapa, tuvo que reconocer Raúl. Pero no le llamó la atención, ni siquiera se sintió atraído. Era guapa, pero de aquellas chicas guapas que saben que lo son y lo usan como arma.

Respiró hondo, mirando el coche de nuevo, pero para su sopresa, la chica rubia de negro se puso ante él.

-¿Raúl?-preguntó ella.

-Sí.-parpadeó extrañado Raúl, pues no tenía la constumbre de que la gente desconocida supiera su nombre.

-Mi nombre es L.-repuso L, aunque Raúl sabía que se llamaba Lynn, por lo que... percibía en sus pensamientos. Nunca se hacía el chulito con sus habilidades, pero a decir verdad tenía un poder a la vez que extraño, asombroso.

Tenía una especie de telepatía que podía leer pensamientos y comunicarse con las máquinas a la vez que manejarlas.

Además, podía elevar cosas con la mente. Lo curioso de todo es que algo tan asombroso como su poder no podía compartirlo. A veces pensaba que era injusto, porque con ello sabía que le era posible ayudar a la gente.

-Y tú debes ser Raúl-añadió Lynn después- Tu padre me ha contratado para...

-¿Para protegerme de qué, Lynn?-repuso él, frunciendo el entrecejo.

Ella, si parecía sorprendida, no aparentó la mínima emoción. Daba escalofríos.

-Hay gente especial en este mundo. Y al parecer tengo que ir por trabajo salvándoles el culo.-replicó ella.-Menos mal que me pagan el suficiente dinero, no cuido niños, soy mercenaria.

-¿Mercenaria?

-Sí, ¿algún problema?-le espetó, con un genio pertinente.

-Ninguno...-<Más me vale no meterme con ella>, pensó Raúl, intimidado-¿Protegerme de qué exactamente?

-Iremos a mi piso y te lo explico. Las paredes ven y oyen.-dijo Lynn, echando a caminar rápido.

A Raúl le costó pillarle el ritmo, pero la curiosidad puso alas a sus pies para seguir a la rubia.

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