La última vez que te vi,
tus labios sabían a fresa
y tus manos estaban sobre mí.
La última vez que te vi,
mi boca tocaba tu cuello
y tú suplicabas que no
parase, como si fuera
un ruego.
Y no mentí al decirte que
eras tan maravilloso que
todo lo que siento por ti,
merece la pena, porque
todo lo que es bueno, espera.
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