Sentía frío, un frío terrible. Y ni siquiera sabía dónde se encontraba.
Estaba perdida y quería llorar, pero sentía que las lágrimas se le congelaban en los ojos antes de que pudiera sólo pensarlo.
Se abrigó como pudo, pero se sentía extrañamente desnuda y comenzó a caminar, despacio, con el frío en su contra y una ventisca azotándole el rostro. Jamás se había sentido así, jamás tan desdichada. Pero ni siquiera sabía qué había hecho para merecerlo ¿justicia kármica? Pero, entonces... ¿a quién había dañado ella? Pensó mientras caminaba, sin comprender aún la situación.
Tal vez era hora de cambiar, de asumir que nadie es tan bueno o malo como parece, que las cosas no sólo eran buenas o malas, que no todo se puede perdonar y que no puedes dejar las cosas al azar.
Cerró los ojos y se quedó parada en el sitio. ¿Por qué huir del frío, entonces? ¿No sería más sencillo abrazarlo? Y además, eso podría ayudarla...
Y entonces se dio cuenta de que no tenía por qué tenerle miedo a esa ventisca, que podría convertirse en su mejor amiga. La tormenta de nieve parecía haberse fundido con ella misma y ya no sentía frío. Abrió los ojos y encontró una espada en el montón de nieve, se agachó y la agarró. Cerró los ojos y una armadura de hielo apareció, cubriendo su pecho. Ya no la volverían a herir.
Volvió a abrir los ojos y sonrió, pero tenía un matiz gélido, quizás quien la hubiera visto no la habría reconocido. ¿Maldad? No. Instinto de conservación y justicia.
Y comenzó a caminar, arrastrando el arma.
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