viernes, 1 de julio de 2016

Esto no va aquí, pero me siento orgullosa y lo pondré aquí.


LA ROSA MORADA.


Abrí el libro que encontré entre las cajas de mi nueva casa y empecé a leer las páginas, que parecían amarillas por el polvo...




Kuroko caminaba por el bosque, como era para ella costumbre todos los días. Llevaba su pelo morado recogido con una cinta negra y un vestido negro que le llegaba por las rodillas. Caminó abstraída, sumergida en sus propios pensamientos. Lo que más le molestaba era la idea de ser obligada casarse por sus padres.
Oyó un sollozo en las profundidades del bosque y corrió, sacando un pequeño tantou y asegurándose de que llevaba su kit médico por si acaso era necesario.
Llegó y sus ojos azules no dieron crédito a lo que veían. Era una joven rubia que estaba llorando. Pero no era lo que más le llamaba la atención de ella, más bien eran sus alas blancas.
Se llevó una mano enguantada a la boca y miró a la chica. <<Un ángel>>, pensó Kuroko para sí. Había visto muchas cosas a sus dieciséis, pero nada como eso.
El ángel levantó la mirada, estupefacta al encontrarse con Kuroko. Tenía los ojos grises, cristalinos y puros, como si pudiera ver el alma pura de ella.
Kuroko sonrió de forma dulce y le ofreció una mano, agachándose.
-¿Puedo ayudarte? ¿Estás perdida?-preguntó Kuroko y el ángel agarró su mano, parpadeando varias veces. A Kuroko le dio la sensación de que ella estaba confusa.-Mi nombre es Kuroko.-dijo, manteniendo su sonrisa.
-Pu-puedes…-el ángel se secó las lágrimas con el dorso de su otra mano.-Puedes llamarme Sayuri.
Kuroko le soltó de la mano y Sayuri notó un vuelco en el corazón, como si le faltara algo.
-¿De dónde eres, Sayuri?-preguntó Kuroko, retirándose un mechón de pelo violeta de la cara.
Sayuri señaló el cielo.
-Creo… Que País del Cielo, lo llamarías tú.-contestó Sayuri, sintiéndose fascinada de repente por el color de pelo de aquella chica de negro. Nunca había visto nada igual.-¿De dónde eres tú?
-Soy una kunoichi de la Nieve-sonrió Kuroko con esa sonrisa que hacía que a Sayuri le faltara el aliento. Confusa, Sayuri se llevó la mano al pecho.-Nunca había oído que existiera un País del Cielo.
-No sé cómo regresar a casa…-murmuró Sayuri por lo bajo <<Y para ser sincera, ahora mismo no tengo ganas de volver>> se dijo Sayuri mentalmente. <<Es tan delicada… No dejaré que nadie la dañe… Nunca.>>
-Quizá puedas quedarte en Yukigakure, Nadare-sama es un líder bondadoso y siempre da oportunidades-contestó Kuroko, girándose con los brazos cruzados. Sayuri se ruborizó al mirarla. Kuroko se giró y le sonrió, mientras que Sayuri, avergonzada, bajó la cabeza-¿Vienes?
-Eh… H-hai..-contestó Sayuri, tartamudeando un poco.
Kuroko se quitó su chaqueta negra y se la puso a Sayuri en los hombros de forma cuidadosa.
-Pasarás frío. Así estarás más abrigada y taparás tus alas.-murmuró Kuroko mirando a Sayuri. Sayuri abrió la boca para contestar pero sentía la garganta seca, como ardiendo. La verdad es que en ese momento sólo sentía calor, pero no quiso rechazar el gesto de esa chica que le había dejado sin aliento.
Sayuri siguió a Kuroko, que la conducía a su aldea. No sabía cómo decirle que en realidad no era una kunoichi como ella, así que guardó silencio.
Su secreto era mucho más complejo de entender, decidió guardárselo para sí durante el tiempo que estuviera con aquella chica de negro.
Kuroko la condujo hasta el despacho de su líder, Nadare. Tocó la puerta y una voz grave ordenó:
-Entra.-Era la voz de Nadare. Kuroko se dio cuenta de que la otra chica estaba nerviosa, así que le sonrió para que se tranquilizara y lo único que hizo era que el corazón de Sayuri fuera más rápido.-Oh, eres tú Kuroko.-dijo Nadare, sin apenas levantar la mirada de aquellos papeles que estaba consultando.-Miró a Sayuri, apartando los papeles.-¿Y esta chica quién es?-Observó las alas de Sayuri, pero no dijo nada.
-Se llama Sayuri. Estaba perdida. Me preguntaba si… podría quedarse conmigo una temporada.-contestó Kuroko, mientras la joven rubia miraba a aquel hombre. Sin duda parecía buena persona, pensó.
-Por mí no hay problema-Nadare esbozó una sonrisa y Kuroko se la devolvió.-Ahora tienes que convencer a tu madre.
Kuroko asintió, ahogando una risa.
-Lo haré. Lamento la interrupción, Nadare-sama.-Kuroko agarró la mano de Sayuri y la llevó con ella. Miró a una chica que se acercaba al despacho de Nadare. Tenía el pelo negro como el ébano y unos ojos celestes. Era un poco mayor que Kuroko.-Oh, hola Kouei. ¿Vas a ver a Nadare-sama?
Kouei asintió y miró a Sayuri.
-Hai, tengo algunas cosas que preguntarle.-Kouei se frotó la nuca y le preguntó a Kuroko:-¿Quién es tu amiga? Nunca la he visto en Yukigakure.
-Me… Me llamo Sayuri… Y… me quedaré una temporada.-contestó el mismo ángel. Todo le parecía nuevo y estaba confusa.
-Encantada, Sayuri.  Soy Kouei.-sonrió esta.-Tengo un poco de prisa, pero estoy segura de que nos volveremos a ver.-Kouei desapareció tras abrir la puerta del despacho de Nadare y cerrándola detrás de sí.
A Kuroko no le costó mucho convencer a su madre. Fue más fácil de lo que pensaba.
En el transcurro de lo los meses siguientes, la atracción de Sayuri por la chica de negro empezó a crecer, a un modo que no se planteó que sentiría por alguien más que Terui; empezó a enamorarse de Kuroko. Pero cada vez la veía menos y ella no estaba segura de que Kuroko la correspondiese. Y a veces lo único que necesitaba era mirarla a sus ojos, notar que sonreía sólo para ella y para nadie más.
Además estaba el hecho de que sus padres la habían prometido con un chico de la aldea. Eso la enfurecía y empezó a experimentar los celos, otro sentimiento que no había sentido nunca. Y ese sentimiento empezaba a ser molesto. Odiaba sentirse celosa, pero odiaba aún más estar lejos de su amada.
Un día, el chico con el que se iba a casar Kuroko descubrió a Sayuri intentando besar a Kuroko, cosa que consiguió. A Kuroko se le aceleró el pulso. Aquello estaba mal. Sayuri era una mujer y ella estaba a punto de casarse con un chico de buena familia, Rikuto.
Rikuto empujó a Sayuri contra la pared, en un ataque de rabia, porque él realmente amaba a Kuroko desde pequeño. Intentó ahogarla con sus manos. Mientras Kuroko sollozaba y gritando que parasen, Sayuri estuvo a punto de morir ahogada. Agarró un kunai del kit del chico y se lo clavó en el pecho.
Sayuri sonrió a Kuroko, triste.
-Lo siento…-murmuró Sayuri mientras se desvanecía en un rayo de luz.
Kuroko tuvo que explicar con todo lujo de detalles lo que había pasado para que Rikuto muriese, pero omitió que fue Sayuri quien lo mató.
Empezaron a pasar los meses y Kuroko cumplió los diecisiete años. Rememorando, se encontró otra vez en el bosque y se dejó caer al suelo, sollozando. Sayuri realmente le había llegado hondo y la añoraba.
Una mano le tocó el hombro y se puso en guardia. Se giró en redondo, desenvainando su tantou.
Era un chico rubio con ojos grises, claros y profundos. Tenía una mirada dulce y le ofreció una mano para levantarse.
-Las chicas hermosas no deberían llorar. Ni estar solas en pleno bosque.-aquél chico le apartó un mechón morado y rebelde de la cara, con delicadeza. Sacó un pañuelo de seda negro y le limpió las lágrimas.-Mi nombre es Satomi.
-Yo…-Kuroko aclaró la garganta y Satomi enarcó una ceja, con una media sonrisa. Iba vestido de negro, incluso llevaba unos guantes del mismo color.-Yo soy Kuroko.
-Un bonito nombre…-Satomi miró el protector de Kuroko-Yukigakure… Precisamente me dirigía ahí.-Señaló su protector en la hebilla de su pantalón, Kusagakure (por aquél entonces Kusagakure y Yukigakure eran aliados)-Me envía Mudai-sama. Quiere que aprenda a desenvolverme en Yukigakure. ¿Serías tan amable de llevarme a tu aldea, pequeña hime?
-H-hai…-se soltó de la mano de Satomi y se ruborizó.-Puedes seguirme.
Satomi se metió las manos en los bolsillos, observando la figura de Kuroko conducirle a Yukigakure.
Satomi habló con Nadare y llegaron a un acuerdo. Él se quedaría por algunos meses en la aldea, que al final pasó a ser un año.
Él y Kuroko se volvieron inseparables, y se acabaron enamorando. Una noche, aquél amor se les fue de las manos. Poco tiempo después, Satomi pidió matrimonio a Kuroko, al cual ella aceptó y unas semanas después, formalizaron su unión. Eran felices. Eran el uno para el otro, y no podían vivir sin el otro. Pero la tragedia llegó después, justo una semana después de su unión.
Otro ángel se presentó en la aldea, llevaba una afilada katana y preguntaba por Sayuri. Satomi había salido sólo unos momentos a comprar, cuando Terui, el otro ángel, furioso irrumpió en el hogar Satomi y Kuroko.
Kuroko resplandecía, de lo feliz que estaba. Su vida, para ella, era perfecta.
-¡Tú!-gritó Terui a todo pulmón-¡Tú me quitaste lo que más amaba en el mundo!-Kuroko se giró a mirarle.-Pero tu falta vas a pagar.-Y cuando Kuroko se llevó las manos a la boca, Terui atravesó el estómago de la mujer con su afilada katana. Se desvaneció en un haz de luz cuando llegó Satomi, que dejó caer la compra al suelo y se acercó corriendo a su amada.
-Dios mío…-murmuró Satomi por lo bajo, colocando sus manos sobre Kuroko.-Mi amor… Todo esto es culpa mía… Estás fría… Pero…-Unas alas salieron de la espalda de Satomi, mientras Kuroko se sentía que perdía la vida poco a poco, miraba atónita a su marido.-Te entregaré mi esencia. Prometí que te protegería con mi vida, la primera vez que te vi, me lo prometí mentalmente… Pero mi apariencia era otra, así que tuve que renunciar a mi vida anterior sólo para estar contigo. Te entrego mis alas, para que vivas y la protejas…-susurró Satomi a su oído.-Pero nunca volveré a verte. No podré… Después de esto… No podré.-Kuroko no entendió a quién se refería, pero no tenía fuerzas para hablar. Las blancas alas de Satomi empezaron a desvanecerse y sus rasgos empezaron a cambiar, dando lugar a una hermosa chica. Era Sayuri.
>> Mi pequeña… Mi hija…-susurró Sayuri con una media sonrisa.-Serás tan bella como tu madre, pero no vas a tener un camino fácil… Y yo no estaré para protegerte, mi pequeña Sayako…-murmuró el nombre de su futura hija.-Así te llamarás, y serás bendecida con el Blanco de la Nieve, el Rojo de la sangre y el Negro como el ébano, ese será mi último regalo para ti, un rastro de mi don. Te llamarás Sayako, aunque, ese nombre no te lo dará tu madre… Te lo dará el destino… Te entrego mis alas, Kuroko. Cuida a nuestro legado, porque mi esencia irá con nuestra hija y contigo. Siento que mi amor por ti hiciera que tu vida peligrase… Los ángeles y los humanos nunca deben encontrarse… Te amo, siempre te he amado… Y siempre te amaré…
Sayuri se desvaneció en pedazos con esa tierna sonrisa que siempre mantuvo.
Kuroko crió a su hija y la llamó Haruna, pero no pasó ni un día en el que no añorase a Sayuri. Cuando la pequeña Haruna cumplió los seis años, era como una preciosa rosa morada. Aquél cabello morado, y esos ojos grises puros dulces, gozaba de la belleza angelical de Sayuri y la belleza exótica de Kuroko.
Pero llegó el día que llegó una tropa de ángeles, buscando a Sayuri. Kuroko les contestó que no sabía dónde estaba y uno de ellos agarró a Haruna, amenazando con matarla.
-¡Devolvedme a mi hija! ¡Suéltala, maldito monstruo!-gritó Kuroko mientras Haruna empezó a llorar.
-Ya sabes lo que debes hacer, preciosa…-dijo con voz ronca el que parecía ser el cabecilla de aquella tropa.
-Te digo que no sé donde está ¡debes creerme!-gritó Kuroko con todas sus fuerzas. Pero no sirvió de nada.
-Realmente no me gusta matar criaturas-gruñó el que tenía sujeta a Haruna.-Pero parece que tu madre no quiere confesar, pequeña.
Aquél ángel, si se le podía llamar así se dispuso a clavarle una katana en el corazón de la pequeña.
-No… Ya me habéis quitado bastante…-murmuró Kuroko y se interpuso a su hija, golpeando de una patada a aquél ángel.-Corre, cariño-murmuró a Haruna.-Corre y no mires atrás. Tu madre te quiere. Recuérdalo siempre…
Haruna corrió, haciendo caso a su madre. Después de todo, sólo era una niña asustada. Uno de ellos la persiguió y le golpeó en la cabeza, dejándola sangrando e inconsciente en un árbol. La dio por muerta y murmuró:
-Nunca debiste haber nacido, engendro. Los humanos y los ángeles nunca debieron haberse mezclado.-escupió a un lado y abandonó a la niña.
Mientras Kuroko peleaba contra aquellos que la superaban en número esperó el golpe certero y con una sonrisa susuró;
-Sayuri… Te amo… Haruna, mi pequeña… Te quiero con toda mi alma…
Cuando acabaron con ella, los ángeles se esfumaron en el aire y dejaron su cadáver en el suelo.
En el otro extremo del bosque, aquella misteriosa pequeña de cabello morado, abrió los ojos y vio a un pelirrojo y pecoso niño que le preguntaba quién era, pero la niña contestó que no lo sabía…




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